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Ciudadanía Mundial



Por una política de la Humanidad

Por Edgar Morin


Motor de la occidentalización, el desarrollo es un mito que hoy hace falta abandonar en beneficio de una política del hombre y la civilización.

¿No tendríamos que deshacernos del término desarrollo, incluso si éste es suavizado o corregido como desarrollo sustentable, sostenible o humano? La idea de desarrollo siempre implicó una base técnico-económica, mensurable por los indicadores de crecimiento e ingreso. Ella supone de forma implícita que el desarrollo tecnoeconómico es la locomotora que arrastra naturalmente un "desarrollo humano" cuyo modelo consumado y exitoso es el de los países considerados como desarrollados, es decir, occidentales. Esta visión supone que el estado actual de las sociedades occidentales constituye el objetivo y el fin de la historia humana.
El desarrollo "sustentable" no hace más que aminorar el desarrollo tomando en consideración el contexto ecológico, pero sin cuestionar sus principios: en el desarrollo "humano", la palabra humano está vacía de toda sustancia, a menos que ésta se refiera al modelo humano occidental, que ciertamente implica rasgos esencialmente positivos, pero también, repitámoslo, rasgos esencialmente negativos. Además, el desarrollo, noción aparentemente universalista, constituye un mito típico del sociocentrismo occidental, un frenético motor de occidentalización, un instrumento de colonización de "subdesarrollados" (el Sur) por el Norte. Como precisamente afirma Serge Latouche, "estos valores occidentales son justamente aquellos que hay que cuestionar para encontrar una solución a los problemas del mundo contemporáneo" (Le Monde diplomatique, mayo de 2001).

 

El desarrollo sin cualidades

El desarrollo ignora lo que no es ni calculable ni mensurable, o sea, la vida, el sufrimiento, la alegría, el amor, y su única medida de satisfacción está en el crecimiento (de la producción, de la productividad, de los ingresos monetarios). Concebido únicamente en términos cuantitativos, éste ignora sus cualidades: las cualidades de la existencia, las cualidades de solidaridad, las cualidades del medio, la calidad de vida, las riquezas humanas no calculables ni convertibles en moneda: ignora el don, la magnanimidad, el honor, la conciencia. Su gestión barre con los tesoros culturales y los conocimientos de las civilizaciones arcaicas y tradicionales: el concepto ciego y grosero de subdesarrollo desintegra las artes y conocimientos de las culturas milenarias.
Su racionalidad cuantificable es irracional cuando el PBI (producto bruto interno) contabiliza como positiva toda actividad generadora de flujos monetarios, incluidas las catástrofes como el naufragio del Erika o la tormenta de 1999, y cuando desconoce las actividades benéficas gratuitas.
El desarrollo ignora que el crecimiento tecnoeconómico produce también subdesarrollo moral y psíquico: la hiperespecialización generalizada, las clasificaciones en todos los ámbitos, el hiperindividualismo, el espíritu de lucro implican la pérdida de solidaridad. La educación disciplinaria del mundo desarrollado aporta conocimientos, pero engendra un conocimiento especializado que es incapaz de tratar los problemas multidimensionales y determina una incapacidad intelectual para reconocer los problemas fundamentales y globales.
El desarrollo considera como benéfico y positivo todo lo que es problemático, nefasto y funesto en la civilización occidental sin que necesariamente implique lo que en ella hay de fecundo (derechos humanos, responsabilidad individual, cultura humanista, democracia).

 

Una amenaza de destrucción

Ciertamente, el desarrollo aporta progresos científicos, técnicos, médicos y sociales, pero también aporta destrucción en la biosfera, destrucciones culturales, nuevas desigualdades, nuevas servidumbres que sustituyen a antiguas servidumbres. El desarrollo desatado de la ciencia y la técnica aporta en sí mismo una amenaza de destrucción (nuclear, ecológica) y de siniestros poderes de manipulación. El término desarrollo sustentable o sostenible puede aminorar o atenuar, pero no modificar este curso destructor. Ahora se trata, no tanto de disminuir o atenuar, sino de concebir un nuevo punto de partida.
Por último, el desarrollo, cuyo modelo, el ideal y el fin son la civilización occidental, ignora que esta civilización está en crisis, que su bienestar trae malestar, que su individualismo trae encierros egocéntricos y solitarios, que sus florecimientos urbanos, técnicos e industriales implican estrés y daños y que las fuerzas que ha desencadenado su “desarrollo” conducen a la muerte nuclear y a la muerte ecológica. No necesitamos continuar, sino un nuevo comienzo.

 

Solidarizar el planeta

El desarrollo ignora que un verdadero progreso humano no puede partir desde el hoy, sino que necesita volver a las potencialidades humanas genéricas, es decir, una regeneración. Tal como un individuo lleva en su organismo las células madre totipotentes que pueden regenerarlo, la humanidad también lleva los principios de su propia regeneración, pero éstos se encuentran dormidos, encerrados en las especializaciones y las esclerosis sociales. Son los principios que permitirían reemplazar la noción de desarrollo por la de una política de la humanidad (antropolítica), la cual sugiero desde hace tiempo, y la de una política de la civilización.
La política de lo humano tendría como misión más urgente solidarizar el planeta. De este modo, una agencia ad hoc de las Naciones Unidas debería disponer de fondos propios para la humanidad desfavorecida, sufriente, miserable. Debería disponer de una oficina mundial de medicamentos gratuitos para el Sida y las enfermedades infecciosas, una oficina mundial de alimentación para la población carenciada o golpeada por el hambre, una ayuda sustancial a las ONG humanitarias. Las naciones ricas deberían proceder a una movilización masiva de su juventud en un servicio cívico a escala planetaria allí donde se sientan las necesidades (sequías, inundaciones, epidemias). El problema de la pobreza está mal estimado en términos de ingresos: es sobre todo de injusticia, que sufren los indigentes, los miserables, los necesitados, los subalternos, los proletarios, no solamente frente a la malnutrición o la enfermedad, sino en todos los aspectos de la existencia donde se encuentran desprovistos de respeto y consideración. El problema de los carenciados es su impotencia ante el desprecio, la ignorancia, los golpes del destino. La pobreza es mucho más que la pobreza. En otras palabras, básicamente, no se calcula ni se mide en términos monetarios. La política de la humanidad sería correlativamente una política de justicia para todos aquellos que, como no occidentales, sufren la denegación de derechos reconocidos por Occidente mismo.
La política de la humanidad sería, al mismo tiempo, una política para constituir, salvaguardar y controlar los bienes planetarios comunes. Mientras que estos son actualmente limitados y excéntricos (la Antártida, la Luna), faltaría introducir el control del agua, sus retenciones y sus desvíos, así como los de los yacimientos petroleros.

 

Un Gobierno por la Tierra-patria

La política de civilización tendría como misión desarrollar lo mejor de la civilización occidental, rechazar lo peor y operar una simbiosis de las civilizaciones que integre los aportes fundamentales de Oriente y el Sur. Esta política de civilización sería necesaria para el propio Occidente. Este sufre cada vez más de la dominación del cálculo, de la técnica, de la ganancia sobre todos los aspectos de la vida humana, de la dominación de la cantidad sobre la calidad, la degradación de la calidad de vida en las megalópolis, de la desertificación de los campos consagrados a la agricultura y la ganadería industrial, los cuales ya han provocado catástrofes alimentarias. La paradoja es que el corazón de esta civilización occidental que triunfa en el mundo está en crisis, y su realización es la prueba de sus propias carencias. La política del hombre y la política de la civilización deben converger en los problemas vitales del planeta. La nave espacial Tierra es propulsada por cuatro motores asociados y, al mismo tiempo, incontrolados: ciencia, técnica, industria, capitalismo (ganancia). El problema es establecer un control sobre esos motores. Los poderes de la ciencia, la técnica y la industria deben ser controlados por la ética, que no puede imponer su control sino es a través de la política: la economía no sólo debe ser regulada, sino que debe ser  plural y que incluya a las mutuales, las asociaciones, las cooperativas, los intercambios de servicios.
De esta forma, el planeta necesita a la vez una política del hombre y una política de la civilización. Pero para ello, necesita gobierno. Actualmente, un gobierno democrático mundial está fuera de alcance. Sin embargo, las sociedades democráticas se preparan con medios no democráticos, es decir, con reformas impuestas.
Sería deseable que este gobierno se efectúe a partir de las Naciones Unidas que así se confederarían creando instancias planetarias dotadas de poder sobre los problemas vitales y los peligros extremos (armas nucleares y biológicas, terrorismo, ecología, economía, cultura). Pero el ejemplo de Europa nos muestra la lentitud de un progreso que exige un consenso de todos los actores. Haría falta un aumento repentino y terrible de los peligros, la llegada de una catástrofe, que cree el electroshock necesario para la toma de consciencia y la toma de decisiones.
A través de la regresión, el desmembramiento, el caos, los desastres, la Tierra-patria podría surgir de un civismo planetario, de la emergencia de sociedad civil mundial, de una amplificación de las Naciones Unidas, que no sustituyan a las patrias, sino que las incluyan.

 

El gran obstáculo: la humanidad misma

Pero no se podrían esconder por mucho más tiempo los enormes obstáculos que se le oponen. En primer lugar, la tendencia a la unificación de la sociedad-mundo suscita resistencias nacionales, étnicas, religiosas, que tienden al quiebre del planeta y la eliminación de esas resistencias supondría una dominación implacable. Hay, sobre todo, inmadurez por parte de los Estados-naciones, de los espíritus, de las consciencias, es decir, existe fundamentalmente la inmadurez de la humanidad para cumplir con ella misma. Esto quiere decir que, lejos de formarse una sociedad-mundo civilizada, se forjará, si es que lograra forjarse, una sociedad–mundo grosera y bárbara. Ella no abolirá las explotaciones, las dominaciones, los rechazos, las desigualdades existentes. La sociedad-mundo no va a resolver ipso facto los graves problemas presentes en nuestras sociedades y en nuestro mundo, pero es la única vía por la cual la humanidad podría eventualmente progresar.
Si los aspectos más perversos, bárbaros y depravados del ser humano no pueden ser inhibidos, o al menos regulados, si no sobreviene no sólo una reforma del pensamiento sino también una reforma del ser humano mismo, la sociedad-mundo sufrirá todo lo que hasta ahora ha ensangrentado y atormentado a la humanidad, a los imperios, a las naciones. ¿Cómo sobrevendría tal reforma, la cual supone una transformación radical de los sistemas de educación, la cual también supone una gran corriente de comprensión y de compasión en el mundo, un nuevo evangelio, nuevas mentalidades?
La superación de esta situación exigiría una metamorfosis absolutamente inconcebible. Sin embargo, esta constatación desesperante contiene un principio de esperanza: se sabe que las grandes mutaciones son invisibles y lógicamente imposibles antes de que surjan. Se sabe también que ellas aparecen cuando los medios de los que dispone un sistema ya no son capaces de resolver sus problemas. Así, para un eventual observador extraterrestre, la aparición de la vida, es decir, de una nueva organización - más compleja- de la materia físicoquímica y dotada de nuevas cualidades, sería menos concebible que si ella se hubiera producido en los torbellinos, los temporales, las tormentas, las erupciones, los terremotos.

Con motivo del relanzamiento del libro "El Resignificado del Desarrollo" quisimos acercarles este texto que será parte de su contenido.


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Publicación de Fundación UNIDA
Año 5 Número 50
Julio de 2008
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